Desorden y desobediencia

[Este artículo fue escrito originariamente para otro blog y publicado el 3 de Noviembre de 2014. Lo recupero por aquí]

En el primer capítulo del libro “El artesano”, Richard Sennet establece una diferenciación en las dos formas de trabajar dentro de la comunidad linux: la que denomina catedral basada en un modelo jerárquico y la llamada el bazar, que podríamos identificar con el caos. Esta división que Sennet vincula a Linux está directamente relacionada con la diferencia entre software libre y el software de código abierto, que comparten la misma base pero no la misma ética ni objetivos. El software libre cree en la libertad de los usuarios, susceptible de derivar en una experiencia caótica. Tal vez para conseguir esa libertad (de código y software) debamos perderle el miedo al desorden. Más allá de la belleza del propio concepto de la entropía desde el punto de vista bohemio y libertario, nos resulta aún muy difícil salirnos de los marcos de la efectividad y productividad propio de los sistemas jerárquicos. Es por ello por lo que los movimientos asamblearios y horizontales a veces nos suponen tan difíciles: Son necesarias nuevas formas de pensar(nos), cotrabajar o incluso de querernos, una nueva forma de entendernos. Para el procomún no es sólo importante crear espacios colaborativos, sino también establecer nuevas formas de utilizarlos, de repensar las herramientas que nos facilitan nuevos procesos, y a su vez, desarrollar nuevas técnicas procomunales. ¿Y por qué en común? Porque varios ojos hacen un problema mucho más pequeño. Dentro de la comunidad Linux, la comunidad pasa a ser un asunto marginal, siendo la resolución de problemas el objetivo principal.

Sin embargo, la comunidad también es importante, en sí. La creación y producción de forma comunal o comunitaria, hace necesaria la integración de todas las actoras sociales en la toma de decisiones y en la creación, producción y reproducción: ¿Qué hacemos con los trabajos reproductivos? ¿Con todos aquellos trabajos invisibilizados? O como lo denominaron en el festival Copylove, los procomunes invisibles. Al fin y al cabo estos trabajos reproductivos son la mayor manifestación del bien común como motivación de las artesanas. Crear nuevas formas de vivir, de compartir y de participación colectiva hace que sea totalmente necesario que repensemos la forma que tenemos de valorar el trabajo y de establecer también nuevas formas de cuidarnos para poder lograr también una sociedad más equitativa y en el que todas podamos participar.  Cuando Sennet habla de la alienación producida por la división entre la mano y la cabeza, también está poniendo sobre la mesa la necesidad de revalorizar el trabajo reproductivo, no sólo dentro de la propia construcción o diseño (ya que toma como ejemplo el uso del software CAD), sino también todos aquellos trabajos invisibilizados por el gran enemigo del capitalismo. Y para que pueda suceder es necesario una revolución. Caótica. Que acabe en un desorden que nos permita volver a empezar y trabajarlo entre todas.

“El lugar del que partimos es el espacio vivido: aquel donde los cuerpos se alegran y sufren; por el cual se pasea; un lugar con raíz y memoria que habla por sí mismo. En las voces de sus habitantes, en su pensar, decir y actuar, el lugar se hace concreto y se encarga, para reflejar, en toda su complejidad, las relaciones que lo conforman y lo reviven. Defender el lugar es también pensarlo por nosotrxs mismxs. Desde aquí parte, por tanto, nuestra crítica de las estructuras dominantes y de las visiones hegemónicas que las sostienen, combustible ideológico que oculta su verdadera naturaleza”. Así comienza el último fanzine que me estoy leyendo, toda una reflexión de cómo la gestión del territorio no está librada de ideología y de política. Por ello, para poder crear nuevos espacios, lugares comunes y formas de relacionarnos, es necesario que nos hagamos también con el territorio. Que pensemos y actuemos en lo local, que nos enredemos, pero sin caer en la atomización. Por ello, creo totalmente necesaria la reapropiación de espacios y volver a hacernos con lo público, no desde un punto de vista estatista, sino como lo (pro)común, de la colaboración y el cooperativismo. Los bienes que son de todos y a la vez no son de nadie. Y así visto, dentro de este sistema, capitalista y repleto de propiedad privada, el procomún es desobediente, rebelde y desordenado.

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